La mayoría de los traumas tienen su origen en las primeras fases de nuestro crecimiento. Con esta terapia podemos evocar los recuerdos de la infancia, del nacimiento e, incluso, de la vida intrauterina. Se ha constatado que en el estado embrionario el ser humano es muy sensible a los acontecimientos exteriores (que vive a través de la madre).

En muchos casos, estas experiencias negativas (enfados, sufrimientos, miedos, tristeza, peleas, etc.) pueden provocarle al embrión o al feto reacciones tan profundas que se marcan en su inconsciente y las arrastra “olvidadas” hasta la vida adulta. Por este motivo, le damos mucha importancia en la terapia a este período.

 

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